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Tuve el honor de conocer personalmente al Comandante Fidel en una primera y larga reunión en la madrugada de una noche de octubre de 1980, yo había cumplido 21 años, recién había salido de mi formación militar como oficial.

Este 25 de noviembre cerca de la medianoche nos estremecimos perplejos con el impacto de la partida física del Comandante Fidel. El sobrecogimiento no fue por temores o dudas de quienes seguimos y nos hemos asomado a la evolución del proceso cubano, pues sabemos de las profundas raíces de su fortaleza ideológica, claridad de rumbo y alto espíritu de unidad y dignidad de esa sociedad esencialmente revolucionaria que ha sido demostrada a lo largo del tiempo en la entereza para enfrentar con hidalguía los retos y dificultades colosales que les ha deparado el lugar que ocupan geográficamente, época e historia; sino por la profunda tristeza derivada de la sensibilidad humana al despedir a nuestros seres más queridos, ya que si bien creíamos estar preparados en la conciencia del inexorable destino, es el amor, admiración y respeto a la intachable trayectoria y ejemplo de un gigante como Fidel, cuyo nombre es representativo de la identidad de la lucha por la soberanía, la dignidad y la independencia de todo un pueblo, lo que nos emociona y conmueve.

Tuve el honor de conocer personalmente al Comandante Fidel en una primera y larga reunión en la madrugada de una noche de octubre de 1980 -yo había cumplido veintiún años, recién había salido de mi formación militar como oficial-, algunos integrantes de mi organización Resistencia Nacional (RN) fuimos invitados a un encuentro de intercambio con él, ante el reciente proceso de unidad de las cinco organizaciones político militares que ese año coincidimos en la integración unitaria del FMLN, hecho político en el que Fidel incidió con su sabiduría desde el enfoque y experiencia del propio proceso cubano.

Llegábamos dolidos y conmocionados pues el mes anterior habían desaparecido en un accidente aéreo nunca esclarecido -presuntamente ocurrido en el espacio aéreo entre Panamá y Costa Rica-, el Secretario General de nuestra organización Ernesto Jovel y el Secretario de Relaciones Internacionales el Reverendo Augusto Cotto, ambas conocidas y estimadas por Fidel.

En ese encuentro me impresionó su trato cálido, solidario y respetuoso, su escrutadora mirada y persistentes preguntas con un alto grado de conocimiento en detalle sobre particularidades de la situación política, social, militar, histórica y geográfica del proceso salvadoreño, visto a la luz de la vivencia de su propia experiencia; mostrando apertura y mucha franqueza en dar a conocer el contexto, retos y dificultades del proceso cubano.

Cinco años después le volvería a ver, coincidiendo en el paso por La Habana con dos figuras legendarias de los procesos y luchas latinoamericanas: Carlos Pizarro del M-19 de Colombia, y de Raul Sendic de Uruguay, entonces líder del movimiento Tupamaros, recién salido de la cárcel. Cuba en ese periodo era un espacio de encuentro para el intercambio de distintos movimientos revolucionarios y progresistas de nuestra América; esta incidencia estuvo estrechamente vinculada a los procesos de negociación que luego consolidaron los procesos de paz en la región, como el nuestro o el de Guatemala, así como con su apoyo diplomático previo que dieron pie a los procesos de Esquipulas I y II.

Alrededor de una década después, por el año 95, ya en el periodo de ejecución del Acuerdo de Paz en El Salvador, participé como delegado en una celebración del Día Internacional de los Trabajadores en La Habana. La noche anterior tuve el privilegio, con otros líderes invitados, de sostener una larga reunión en su despacho -del que me sorprendió su sencillez y austeridad- en el Consejo de Estado. Observamos su dinámica de trabajo con su equipo de aquel momento, constituido por jóvenes dirigentes de gobierno y partido que junto al Comandante ajustaban detalles a la multitudinaria marcha que se desplazaría el día siguiente hasta la Plaza de la Revolución. Fuimos testigos de su pasión y meticulosa conducción de cada elemento organizativo de aquel esfuerzo; en la madrugada, después de una maratónica jornada, a todos nos vencía el sueño y fuimos a descansar unas pocas horas para volver a las siete de la mañana. La sorpresa al regresar nos esperaba: nuevamente estaba en su despacho fresco y motivado conduciendo el trabajo y supervisando todos los pormenores, listo para que le acompañáramos paso a paso en toda la marcha de esa mañana. Comprendí como el resultado era producto de su dedicación, estilo, pasión y empeño en conducir cada detalle.

La profunda huella del Comandante Fidel en nuestro país data de su gesto solidario de recibir y atender a los lisiados y heridos de guerra que, en el contexto de un acuerdo negociado, pudieron salir de nuestras zonas de guerra y recibir atención médica de primer nivel en Cuba; su compromiso diplomático de acompañar nuestros Acuerdos de Paz, el apoyo con especialistas en el combate al dengue, la asistencia durante diferentes terremotos que asolaron nuestro país, la Misión Milagro que atendió y devolvió la vista a centenares de nuestros compatriotas, la formación de centenares de médicos y especialistas, el apoyo en los programas de alfabetización y con expertos en temas educativos, así como la asesoría en diferentes áreas de salud pública.

Se fue Fidel, pero queda en Cuba un pueblo digno, noble, soberano, independiente, culto y educado. La historia sigue.