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Ya estamos en pleno fragor de la novena elección de alcaldes y diputados. Toda esta efervescencia corresponde a la era de construcción democrática pos Acuerdos de Paz, tiempo caracterizado por la algarabía, mezcla de alegre y estridente música, con los más elaborados jingles para cuñas radiales y anunciadoras, que desde la lógica de sesudos diseñadores, se repiten al infinito hasta lograr que involuntariamente los cantemos.

Vemos mágicos, sugestivos y conmovedores spot en cable, televisión abierta, redes sociales, salas de cine, dejando entrever las más finas, sofisticadas y experimentadas asesorías de campaña, toda una articulación de la más compleja sinfonía orquestal. Su alcance también se expresa en el intenso trabajo gráfico de coloridos afiches de calle, vallas fijas y electrónicas, así como en el hondear de banderas en redondeles y vías principales, en festivas caravanas vehiculares -que entusiasman a unos y encolerizan a otros por el tráfico- elaboradas pancartas con imágenes delicadamente retocadas luciendo la mejor sonrisa de prometedoras candidaturas, y fogosos mítines en plazas públicas.

Campañas como estas son un espacio tradicional de mayor visibilidad y facilidad para la participación política de jóvenes; en esta efervescencia se proyectan nuevos liderazgos juveniles y líderes territoriales que posteriormente veremos emerger, consolidándose al frente de la movilización y debate en temas coyunturales. También con los escrutinios, el mapa de resultados se verá más detallado por sectores de votación, producto de la implementación del Voto Residencial; el resultado será útil para evaluar el empeño del trabajo de campo de los liderazgos locales de cada partido, el cumplimiento de los planes de campaña, la correcta implementación y difusión de la ejecución de políticas y programas; y sobre todo, del grado de vinculación de los partidos al sentir y pensar de la ciudadanía.

Para valorar la incidencia de las candidaturas es insuficiente el “voto por rostro”, hasta que se implemente un sistema de distritos electorales –plurinominales obviamente-, en el que de manera práctica y precisa los electores identifiquen a quien los representa y los electos puedan rendir cuentas claras.

Para la máxima autoridad electoral, el Tribunal Supremo Electoral (TSE), el reto, además de generar mayor confianza, será lograr una exitosa y funcional integración de las JRV o mesas electorales, debido a la compleja transición -en cumplimiento de sentencia de la Sala- migrando de la tradicional composición partidaria, a un esquema ciudadano de integración no partidaria.

Ha sido exitosa la capacitación de los sorteados y de todos los escalones de participación; sin embargo, lo mediático ha sido el grupo de ciudadanos que buscan su exoneración de la responsabilidad en la JRV. Ha operado en contra del buen empeño del Tribunal, el escaso tiempo y pocos recursos, así como la falta de implementación de filtros previos que permitiera concentrarse en identificar quienes efectivamente cumplen los requisitos. La mejor motivación no son las severas amenazas legales a quienes incumplan, debiera estudiarse el modelo colombiano de estímulos materiales, económicos, oportunidades educativas, para quienes participan en las JRV producto del sorteo.

Otro reto importante para el TSE seguirá siendo el largo y complejo escrutinio de papeletas de votación -producto de otra sentencia de la Sala- que dificulta la oportuna transmisión y publicación de resultados preliminares, generando ansiedad y tensiones políticas que eventualmente derivan en desestabilización.

Al conocer las tendencias y cambios en otros procesos electorales en nuestra América, nuevamente voy a insistir en la necesidad de reformas que faciliten el proceso y optimicen los recursos con los que se administra elecciones:

a) Reducir la integración de las JRV de cinco a tres miembros, esto facilita su administración, selección y capacitación, permitiendo ahorrar además un 40% del presupuesto de este rubro;

b) Aumentar al menos a 700 el número de electores por mesa, actualmente es de 600 de los que rara vez vota siquiera el 60%;

c) Invertir en tecnología para facilitar la administración en cada JRV;

d) Crear la figura del “Delegado Facilitador” del TSE capacitado con suficiente anticipación para asistir técnicamente a cada JRV, experiencia exitosa del Tribunal de Costa Rica que permite mejorar el desempeño y agilidad en cada mesa;

e) Anticipar a tres años la ejecución del Plan General Electoral (PLAGEL), experiencia del Tribunal electoral de Panamá, esto disminuye el impacto en el país, distribuyendo en tres ejercicios presupuestarios el costo de elecciones y facilitando los procesos administrativos de su ejecución.

Esta elección conlleva mucha responsabilidad para los electores, es la oportunidad de reflexionar y decidir entre la ruta de los cambios y transformaciones que profundicen la agenda social que por primera vez esta dignificando a los más pobres, consolidar el plan por un país más seguro, seguir apostando a generar nuevos agentes productivos comprometidos con el crecimiento económico, más empleo y prosperidad para todos, o sencillamente darse por vencidos y volver al pasado, en el que de acuerdo a procesos judiciales abiertos, otros se enriquecieron a costa de recursos públicos.