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Este domingo nuevamente tuve la oportunidad de participar en un proceso electoral nicaragüense, en una misión de acompañamiento electoral internacional. En los últimos veinte años he tenido el privilegio, en distintas calidades, de estar presente en casi todas las jornadas electorales en la tierra de Darío y Sandino: ocho años desde la organicidad política, diez años como funcionario electoral y los últimos dos en misiones internacionales de experticia, asesoría, consultoría en materia de organización y procesos eleccionarios; este último es un esfuerzo académico colegiado con pasión por el oficio y sin fines de lucro. Cabe señalar que cada gobierno decide soberanamente las condiciones, alcances y calidades en que acepta acompañamiento extranjero; en nuestro continente, países como Estados Unidos –hasta esta elección-, México, Nicaragua, Argentina  y Uruguay no contemplan la observación como un mecanismo externo de seguimiento de sus procesos electorales.

A partir de la Revolución Popular Sandinista en 1979 surgen las grandes transformaciones estructurales, sociales, económicas y políticas que cambian la historia moderna de Nicaragua. En ese nuevo contexto esta es la séptima elección presidencial y legislativa, incluyendo la del Parlacen (1984, 1990, 1996, 2001, 2006, 2011, 2016), realizándose en años diferentes los comicios municipales y regionales; regla que se rompió en 1996, cuando se celebraron en una misma fecha todas las elecciones, generando muchas dificultades y malestares que hicieron volver a la separación de los eventos electorales.

En casos como el de Nicaragua es importante destacar el aporte a la estabilidad política, el desarrollo y rumbo país, de la celebración conjunta de la elección presidencial y de congreso, permitiendo capitalizar la correlación por la que se inclina el soberano -en ese periodo específico- para facilitar un coherente desempeño en la ejecución del programa político del partido ganador del poder ejecutivo y legislativo.

Esta es una contradicción entre gobernabilidad y democracia que debe decidir cada sociedad: favorecer mayores pesos y balances en el funcionamiento democrático del Estado o inclinarse por una mayor eficiencia, eficacia, coherencia y gobernabilidad, fórmula por la que un buen número de países se han decantado. En definitiva, el modelo político y electoral de cada sociedad corresponde a su historia, cultura, y a la visión de la correlación que se expresa en el acuerdo constitucional  en un periodo determinado.

La Revolución Sandinista al romper cuarenta años de dictadura somocista abrió un proceso democrático en el que se termina imponiendo la alternancia; así arribaron por la vía electoral tres gobiernos diferentes al sandinismo: Doña Violeta Barrios de Chamorro en 1990 bajo la bandera de la Unión Nacional Opositora, Arnoldo Alemán en 1996 con la Alianza Liberal y Enrique Bolaños en 2001 con el Partido Liberal Constitucionalista; por lo que en este momento un nuevo triunfo del FSLN tiene la robustez y legitimidad suficiente del proceso democrático abierto aquel 19 de julio.

El proceso electoral de este año ha superado muchos retos. Atrás quedaron las épocas de múltiples hechos de violencia electoral, de cuestionamientos políticos en torno al padrón de electores o al mismo registro de identidad y cedulación. Nicaragua hoy cuenta con un sólido documento de identidad, una cédula muy moderna con los mayores estándares de seguridad que se entrega en los 153 municipios nicaragüenses, cubriendo casi al 100 por ciento de la ciudadanía. Además, han adoptado medidas para depurar el padrón electoral, asegurando claridad en los datos de participación y ofreciendo todas las garantías a los contendientes para su verificación. Posee una arquitectura electoral que descansa en 32 años de desarrollo de voto residencial, llevando las Juntas Receptoras de Votos a cada comunidad, facilitando la participación y asegurando la plena vigilancia y transparencia del proceso de votación desde la sociedad misma.

En esta oportunidad los problemas, indebidamente atribuidos al proceso electoral y a la institucionalidad, vienen de sectores políticos interesados y por factores externos al país que cierran los ojos ante la evidente realidad: la falta de una verdadera contienda y para ello examinemos el cuadro de contendientes.

Por un lado, una oposición con profundas desavenencias partidistas, propias de una oposición totalmente dividida, sin una clara propuesta programática que no pudo aglutinar un esfuerzo unificado en sus filas, fragmentado aún más por un cuadro calamitoso, disperso y desalineado -previo y durante el periodo electoral-, que para colmo de males, de forma errática y suicida se dedicó a llamar y promover el abstencionismo. Por el otro: un Frente Sandinista fuerte, muy experimentado, con altísimos niveles de organización, método y unidad, y con una gestión gubernamental con vastos resultados en el terreno económico, político y social. Resultado electoral previsible: nuevo e incuestionable triunfo al FSLN.

Sin embargo, considero que más allá de los números, el resultado político es todavía más interesante pues aun con

los llamados a la abstención, votó más del 65 por ciento de electores, sin dejar de tener en cuenta que los aires de triunfo del FSLN pudieron evitar que algunos de sus adeptos se expresaran en las urnas, ya que con o sin su voto gozaba de suficiente respaldo y ganaría la elección. Para mí fue ejemplar y hubo muchas lecciones, pero saquen ustedes sus propias conclusiones.

Martes, 08 de noviembre de 2016