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Las claves para entender la crisis no se encuentran únicamente en la organización y uso de tecnología para la elección en sí misma, o en las falencias de la autoridad electoral. La raíz de la crisis es de orden político y estructural en una sociedad que aún no asume sus transformaciones democráticas desde la base misma de la sociedad.

Los acontecimientos en la hermana República de Honduras son trascendentales para nosotros y la región, por su inmediatez geográfica e histórica en los vínculos ancestrales que unen a nuestros pueblos, así como por los fuertes lazos de intercambio económico y comercial; es un paso obligado en el intercambio y tránsito en el área.

Honduras tiene una pujante economía que atrae mucha inversión internacional, ocupa un importante rol en el proceso de integración Centroamericana y cuenta con 8.7 millones de habitantes en un poco más de 112 mil km2 de territorio con mucha potencialidad. Encierra hermosos parajes subtropicales que van desde prominentes vestigios precolombinos de origen Maya, destacando la belleza de Copán, caudalosos ríos, entre los que destaca El Coco, con más de 600 km de recorrido —el más largo de Centroamérica—; el hermoso lago de Yojoa, mágicos y encantadores pueblos artesanales en medio de frescas montañas de pinares, como Valle de Ángeles; y sin faltar credenciales de turismo internacional, como “Islas de la Bahía”, especialmente Roatán.

La crisis política que vive Honduras derivada de la última elección general —en la que se disputaban los cargos de presidente, diputados tanto a la Asamblea como al Parlamento Centroamericano y alcaldes con sus respectivos concejos municipales— tiene raíces profundas. Este es un proceso eleccionario que se celebra ordinariamente cada cuatro años y, hace mucho, tiene las complejidades de elegir escaños legislativos con voto preferente y listas abiertas. No obstante, el Tribunal Electoral, los partidos políticos y la sociedad cuentan con una considerable experticia en esta modalidad de elección compleja. De hecho, fueron los primeros en asumirla en la región, además de un sistema de primarias partidarias obligatorias, organizadas de manera simultánea bajo la administración de la autoridad electoral.

Sin embargo, la crisis no deviene solo de la complejidad de un sistema electoral que, con el tiempo, han sabido sortear. Las claves para entender la crisis no se encuentran únicamente en la organización y uso de tecnología para la elección en sí misma, o en las falencias de la autoridad electoral. La raíz de la crisis es de orden político y estructural en una sociedad que aún no asume sus transformaciones democráticas desde la base misma de la sociedad.

Honduras ha dejado en el cimiento una fundación frágil que dio espacio al golpe militar del 28 de junio de 2009, expulsando al presidente Manuel Zelaya; luego, la interpretación constitucional que hizo la Suprema Corte habilitando la candidatura para la reelección del presidente Juan Orlando Hernández, la exclusión del principal partido de oposición en el TSE, o lo que parecería intrascendente, pero que refleja poca apertura y madurez política y democrática: impedir el ingreso y expulsar al grupo musical de izquierda “Los Guaraguao”.

Nuestro vecino país cuenta con un sistema republicano de corte multipartidario, en el que tradicionalmente y por más de cien años se impusieron dos partidos políticos. Es el sistema con partidos políticos más antiguos en Centroamérica —el Partido Liberal con 126 años de historia tras su fundación en 1891 y el Partido Nacional con 115 años de recorrido político tras ser fundado en 1902—. Por decenios, férreas dictaduras militares de facto se instauraron a sangre y fuego a tenor de lo que ocurría con otras dictaduras en el resto de la región centroamericana, en una funesta danza, con mascarada democrática de apariencia político partidaria; y todo bajo la protección, complaciente mirada y cómplice acompañamiento del rubio vecino del norte.

Cuando por fin germinaron los cambios políticos, democráticos y sociales, producto de dolorosos procesos de lucha política y social, que en algunos casos llegaron hasta cruentas guerras civiles, la dinámica institucional de Honduras terminó reinsertándose por deslizamiento, disfrazando como democráticos cambios apenas cosméticos; mientras que en la mayoría de países de la región ocurrían genuinos procesos revolucionarios que desencadenaron severas transformaciones.

La presente crisis tiene a su cuenta una decena de víctimas mortales, más de una veintena de heridos, pérdidas económicas estimadas a lo largo de quince días en más de 50 millones de dólares diarios y una profunda desconfianza y falta de credibilidad en los resultados electorales. La propia misión de observación de la OEA en Honduras expresó en su informe preliminar que “El estrecho margen de los resultados, así como las irregularidades, errores y problemas sistémicos, que han rodeado esta elección, no permiten a la misión tener certeza sobre los resultados”.

Al cierre del periodo procesal de impugnaciones, el viernes anterior, se presentaron 125 recursos de nulidad, cuatro pidiendo la nulidad del escrutinio presidencial para pasar a examinar las 18,103 actas de JRV, la revisión de los cuadernillos de votación —padrones de mesa— y el escrutinio de cada voto. Más allá del resultado que solo el pueblo de Honduras y sus instituciones sabrán encontrar y resolver, este proceso deja innumerables lecciones organizativas, técnicas, metodológicas y políticas que debemos procesar una a una, entre ellas invertir generosamente en el fortalecimiento y transparencia de nuestra propia institucionalidad y procesos electorales, así como seguir apostándole al empoderamiento del soberano.