Print Friendly

En los últimos días, la coyuntura internacional dedica un importante espacio a la situación política de Brasil; el debate, en el que es posible distinguir la afinidad político ideológica de quien las expresa, gira sobre la interrogante: ¿Hay o no un golpe de estado? En esta oportunidad expongo mis puntos de vista, que tendrán la inclinación de estar marcados por mi cercanía y afinidad con procesos políticos electorales; la dicha de conocer, en distintos periodos, algunas de las impresionantes ciudades brasileñas, así como el repetido contacto con su liderazgo institucional, partidario, social y municipal.

Brasil, igual que nosotros, incursionó en la vida democrática recientemente; nos lleva un poco más de un lustro de diferencia y ventaja, tras el fin de un gobierno militar en 1985 y después de haber sufrido al menos tres periodos dictatoriales desde su independencia, un año más tarde que la nuestra. Aquel territorio, casi continental, tiene más de 8.5 millones de kilómetros cuadrados -honorífico tercer lugar territorial después de Canadá y Estados Unidos- y del que tienen mucho que contar sus países vecinos; una reserva natural de incalculable valor y una extraordinaria cantidad de población que hasta 2014 calculaban sobre los 204 millones de habitantes, la segunda más grande de América.

En 2003, por la vía del triunfo electoral, arribó al gobierno el Partido de los Trabajadores (PT) y el carismático líder obrero Luis Ignacio “Lula” da Silva, encabezando un fresco movimiento con profundo arraigo social que surgiera al final de la década de los setenta de los conglomerados fabriles metalúrgicos de Sao Paulo, imponiéndose como alternativa a los tradicionales movimientos y partidos de izquierda, y ante el fracaso y cansancio generado por los agrupamientos de derechas. Lula y el PT desde el inicio enarbolaron una extraordinaria capacidad de alianzas y una clara identificación socialista desde la perspectiva de Brasil

Ese país cuenta con uno de los sistemas y procesos electorales más modernos y tecnológicamente avanzados del continente, por lo que, si de tecnología y modernidad se trata, su sistema de sufragio ha logrado digitalizar -con desarrollos propios- un sistema de voto electrónico al 100 por ciento para semejante cantidad de población y territorio; utilizando en el último ejercicio de sufragio activo más de medio millón de máquinas de votación electrónicas e implementando en el 15 % de mesas electorales un lector biométrico para la identificación precisa y rápida de electores.

En esas elecciones de 2014, última elección presidencial y legislativa en la que participaron 32 partidos políticos de los que 15 alcanzaron representación legislativa, el Tribunal Superior Electoral informó que habían votado 142,800,000 electores. En esa contienda fue reelecta la presidenta Dilma Rousseff, primera mujer presidenta en la historia de Brasil. Nadie puso en duda entonces la legitimidad de los resultados y por ende de los electos.

Sin embargo, el señor Temer quien asumió provisionalmente el mandato en Brasil, contrario al voto del electorado que eligió al PT y la señora Dilma y en consecuencia inclinado por una clara formación de izquierda que alcanza hasta el centro, hoy encabeza un gobierno con partidos que van del centro a la derecha, distante, muy distante a la decisión del soberano y que se agrava cuando se analiza su desempeño como legislador: votó en contra de la reforma agraria y del derecho de los jóvenes mayores de 16 años a emitir el sufragio.

Los dos gobiernos de Lula, seguidos de dos de Dilma, aún inconcluso este último, abrieron brecha a un vasto programa de transformaciones sociales mundialmente reconocidas, principalmente el programa hambre cero, logro que se alcanzara en un agudo periodo de crisis económica internacional.

Es el éxito del crecimiento económico de Brasil, combinado con un claro sentido social, el que logró sacar al país de la miseria y generó importantes niveles de estabilidad política y social; pero esto incomodó a importantes sectores de la ultraderecha política y económica, y de algunos medios de comunicación tradicional. El país por su desarrollo se convirtió en un importante referente político y aliado comercial de gobiernos progresistas del sur de América, lo que, como ha sido tradicional en nuestra América, colisionó con intereses imperiales.

Este fenómeno coincide con el surgimiento en 2009 del agrupamiento de países con economías emergentes aglutinados en el BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica), que a partir de su formalización en julio del 2014 se proponen la creación de un nuevo banco internacional para rivalizar con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Este comprensible y esperanzador propósito, en el que países emergentes buscan opciones de financiamiento para su propio desarrollo, principalmente de infraestructura y para propiciar liquidez a países con dificultades de acceso a créditos internacionales sin las condicionantes políticas y “administrativas” tradicionales, choca con la magia de un sistema financiero internacional montado desde 1944 y férreamente dominado por Estados Unidos y Europa.

Dejo al lector mi opinión del contexto en el que se desarrolló el que, para mí, es un claro golpe.