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  • Menos de un mes después de inscribirse en el Programa Nacional de Alfabetización, Rosalina Hernández ya sabe escribir su nombre y conoce algunas letras del abecedario, lo que le permite identificar algunas palabras en los letreros y el número del bus que debe tomar para trasladase; ya no se pierde.

Esta joven de 24 años, madre de dos niñas, estremeció el pasado 15 de febrero a un auditorio de alrededor de mil personas reunido en el Instituto General Nacional Francisco Menéndez, de San Salvador, con sus testimonios sobre las vicisitudes que debió atravesar por no saber leer y escribir, y la fuerza con que expresó su disposición de “no dejar pasar un día más” para comenzar a cumplir su sueño de alfabetizarse, tantas veces aplazado.

En esa ocasión confesó que tuvo que vencer su miedo escénico para asistir al encuentro, y narró la vergüenza y humillación que le produjo verse obligada a renunciar a su trabajo por no comprender las instrucciones que le dejaban por escrito.

Como mesera, además, se veía en la necesidad de memorizar cada pedido, lo cual obstaculizaba su desempeño: “por muy sencillo que parezca un empleo, siempre es necesario saber leer y escribir”, apuntó.

Visiblemente emocionada, comentó cómo tuvo a recurrir a otras personas para ayudar a sus hijas con las tareas escolares, empeñada en romper la herencia de analfabetismo de su familia, pues sus padres tampoco aprendieron, ni pudieron ayudarla por no disponer de recursos para enviarla a la escuela: “entonces la educación se pagaba”, recordó.

Aprender a leer y escribir significa para ella la posibilidad de ejercer a plenitud su rol de madre. Aportar a la educación de sus dos pequeñas hijas fue la principal motivación para incorporarse a uno de los círculos de alfabetización instalado en San Salvador.

Pero este sábado 10 de marzo, Rosalina informó orgullosa al Presidente Salvador Sánchez Cerén sobre sus avances, y le expresó su gratitud por la oportunidad: “Yo no lo conocía en persona, pero ahora lo tengo enfrente. Mucho gusto de conocerle”, dijo antes de abrazarlo.

Invitada al programa Casa Abierta, en la antigua Residencia Presidencial, dijo que aprende junto a su hermana: “Cuando yo no entiendo algo, le pregunto y ella me explica, porque ella puede un poquito y me dice, mira, esto se hace así”.

“La muchacha que nos está enseñando es bien amable y nos consciente. A veces digo: no, no voy a ir ahora al mi círculo de alfabetización, pero con la misma, cuando se me acerca la hora, digo: si, voy a ir”.

Rosalina está feliz porque ahora puede ayudar a su niña: “A veces le dejan tareas y me dice mami, yo no puedo hacerlas. Entonces, lo poquito que yo puedo, le digo, y de lo que ella va aprendiendo me dice a mí. Ella ya puede leer, gracias a Dios.

Sin embargo, sus aspiraciones no se detienen: “Mi deseo es poder enseñar a mis padres, porque ellos tampoco pueden leer y escribir. Y quiero seguir aprendiendo, quiero estudiar y sacar mi bachillerato; sé que lo voy a lograr”.

El Salvador Alfabetizado ¡es posible!