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En este marco de dificultades nuestro país destaca todavía por el grado de estabilidad política y solidez de las instituciones, aún en construcción, pero transformadas por el acuerdo de paz.

Este 15 de septiembre, como ha sido anunciado, amanecerá apenas nublado y quizás con escasas lluvias al atardecer, todo un ambiente propicio para aliviar la deshidratación provocada por los efectos del radiante sol de una mañana de septiembre; el clima será adecuado para disfrutar a lo largo y ancho de todo el territorio nacional de la algarabía provocada por cientos de desfiles estudiantiles y castrenses alusivos a la independencia.

A esta alegría y alboroto se vuelca y moviliza presuroso todo un pueblo agitado por el estruendo rítmico con el que avanzan las alegres y rigurosamente ataviadas bandas de paz; la gracia cadenciosa y acompasada con que niñas y jovencitas cachiporristas muestran su virtuosismo y exhiben vistosas galas ejecutando rutinas ensayadas durante meses de duros ensayos.

Mientras, orgullosas familias y curiosos se agolpan a la vera de las principales calles y avenidas, procurando el mejor espacio para apreciar a sus hijos e hijas, familiares o conocidos que lucen planchados uniformes, lustrosos calzados, arreglados cabellos, con las mejores sonrisas dedicadas a quienes con rostros de admiración les ven marchar; no faltan listos artefactos de toda la gama de tecnología para captar la mejor imagen para lucir, compartir y recordar. Nuestras fiestas patrias son de profundo arraigo popular, son toda una feria donde se luce el sector informal ¿Quién no busca unas tostadas de plátano, yuca, churros o unas papas fritas?

Nuestra ciudad capital nuevamente se prepara para la celebración de las fiestas patrias con tradicionales actos oficiales conmemorativos, en los que se lucen las mejores y elegantes galas propias de la solemnidad del evento –registrados habitualmente por más de un periodista-, se escucharán fervorosos discursos alusivos a la gesta de nuestros augustos próceres, serán colocadas esplendorosas ofrendas florales acompañadas de la marcialidad castrense con que se honra los hechos de nuestra historia y gozaremos del acompañamiento del cuerpo diplomático acreditado en el país.

La fiesta cívica debe ser oportunidad         –una vez más- para revisar el estado en el que se encuentra nuestra nación, en un contexto regional del que no podemos abstraernos, precisamente ahora que estamos a las puertas de la próxima Cumbre de Países No Alineados, y la próxima Asamblea General de Naciones Unidas. En gran medida, del mensaje que proyecte nuestro país al mundo que nos observa depende el grado de atención que en lo inmediato podamos recibir en medio de una América muy conflictuada, en cuyo cono sur se profundizan los procesos de desestabilización que ponen en severo riesgo los avances sociales y democráticos alcanzados en aquellos países, generando efervescencia social y política, que previsiblemente impactará negativamente las expectativas de progreso económico y estabilidad regional.

En este marco de dificultades nuestro país destaca todavía por el grado de estabilidad política y solidez de las instituciones, aún en construcción, pero transformadas por el acuerdo de paz. Nuestro proceso es un modelo de éxito reconocido y proyectado por la misma comunidad internacional, sobre todo en coyunturas como la actual en la que estamos próximos a presenciar la firma del acuerdo negociado que pondrá fin al conflicto armado que por más de cincuenta años vivió Colombia y donde muchas de las lecciones de nuestro proceso son referencia para el éxito esperado en esa negociación.

A estas alturas nuestra estabilidad no está exenta del constante debate derivado de la existencia de proyectos políticos antagónicos claramente identificados en el país y, aun así, convergentes en algunos temas considerados de interés nacional: la seguridad pública, el mismo proceso de paz, la búsqueda constante de la estabilidad migratoria de nuestros compatriotas en el exterior y buena parte del proceso de integración centroamericana. También se contraponen las visiones divergentes en otros temas de alta sensibilidad política, económica y social ausentes en los Acuerdos de Paz y profundamente necesarios para avanzar en el desarrollo.

Más allá del tradicional retumbo de tambores de guerra propio de la cercanía de las siguientes elecciones parlamentarias y municipales –demasiado prontas para mi gusto- es imprescindible alcanzar acuerdos sustanciales que nos conduzcan a una reforma tributaria armonizada con los estándares de las naciones latinoamericanas, suficiente para continuar las transformaciones sociales iniciadas especialmente en rubros como la educación y la seguridad, fundamentales para un país como el nuestro desprovisto de riquezas naturales extractivas y donde los principales retos son la seguridad –de todo tipo- y el desarrollo del capital humano.

Avanzar con mejor paso rumbo al progreso es posible si contribuimos todos a generar confianza política, sabiendo administrar nuestras diferencias. Parte de esta confianza se trasluce en tener la capacidad de construir un acuerdo fiscal que incluya la reforma de pensiones y el incremento sustantivo del salario mínimo, temas claves para generar la confianza en un progreso seguro, incluyente y justo, bases esenciales para hablar de independencia y amor patrio.

 

Martes, 13 de septiembre de 2016