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A raíz de los graves terremotos sufridos en nuestro país en el 2001, más de ciento noventa mil compatriotas fueron beneficiados con el TPS. Durante la semana anterior se anunció la última prórroga de dieciocho meses otorgada por la administración norteamericana, plazo que iniciará en marzo para los adscritos a ese programa.

La decisión del señor Trump ha sido duramente criticada y calificada de distintas maneras; sin embargo, debemos reconocer la coherencia con su oferta electoral, claramente caracterizada por sus posturas antiinmigrantes. Su decisión puso de relieve la condición de temporalidad y por ende su finalización. Claro, lo natural y racional que se podía esperar era el acompañamiento de la propia administración para regularizar a una condición migratoria inmediata superior como la residencia, dado el gran aporte de los inmigrantes al engrandecimiento de esa nación y teniendo en cuenta que estos migrantes nunca han representado riesgo de seguridad alguno por ser el grupo mejor controlado al conocer su domicilio, trabajo y antecedentes.

Este ultimátum nos habilita a pasar de inmediato a la gestión en el siguiente escalón diplomático: el Congreso de los Estados Unidos.  Estos veinte meses son el tiempo de gestión diplomática del que disponemos —el plazo fatal anunciado termina el nueve de septiembre de 2019— tiempo realmente corto si consideramos que la gestión de la Ley Nacara, que regularizó el estatus de otros migrantes, llevó cinco años de cabildeo.

El poco tiempo, aunado a la actitud que caracteriza a esta administración, nos obliga a ser muy efectivos en el trabajo diplomático. Una condición ineludible es la absoluta unidad de país para librar este esfuerzo, mostrando un solo puño en función del interés nacional y de nuestros “tepesianos”. La unidad significa que trabajemos al unísono, además del gobierno, los partidos políticos, diputados, iglesias, empresariado, medios de comunicación, oenegés, asociaciones, gremios, incluso notables que vengan a fortalecer esa imagen de unidad y experticia diplomática para cobrar mayor eficacia.

La primera tarea es motivar a los adscritos al TPS para aplicar a la reinscripción a esta nueva y última prórroga, pues algunos pueden verse desmotivados ante la fatalidad de la finalización del programa, anticipándose en otros cursos de acción como la desventajosa condición anterior al TPS. La reinscripción les permitirá obtener el permiso de trabajo legal durante esta ampliación; que, eventualmente, puede proporcionar beneficios de lograrse la aprobación de una ley que permita  la residencia.

Esta etapa requiere preparar documentos personales y de sus familias, efectuar el pago de trámites; considerar además que si sus hijos nacieron en Estados Unidos, necesitarán asegurar la documentación que compruebe esa condición. En todo caso, deben estar atentos a la convocatoria de reinscripción que anuncie DHS, siendo importante acudir a los mecanismos seguros de asesoría de nuestra red de consulados y Embajada de El Salvador. Conózcase que más de un 20 % de los adscritos al TPS tienen condición de aplicar a la residencia, cumpliendo los trámites respectivos.

Nuestros más de ciento noventa mil “tepecianos” representan alrededor del 6 % de los tres y medio millones de compatriotas que se estima residen en distintos países; sin embargo, su aporte es aproximadamente del 21 % de las remesas que reciben las familias salvadoreñas, no obstante en esta oportunidad el reto, más que económico, es humano.

Pase lo que pase nuestro país siempre estará preparado y en disposición de recibirlos, la patria es  el hogar materno, la casa donde no necesitamos preguntar si podemos llegar, siempre serán bienvenidos al cálido nido. Más allá de las carencias, esta patria es su abrigo y siempre habrá una silla para sentarse a la mesa y compartir los alimentos. El país está mejor que cuando lo dejaron: si fue durante la guerra civil, esta se superó; si fue por violencia criminal, los delitos han disminuido; si fue por los terremotos, este suelo telúrico siempre nos mecerá pero estamos mejor preparados para enfrentar los desastres y somos menos vulnerables.

La migración corre por nuestras venas, todos tenemos alguien amado que partió a tierras lejanas y más que por razones sísmicas o de violencia por la cruel desigualdad, la estrechez territorial que nos limita los recursos naturales, así como por el limitado desarrollo económico en relación a la demanda de una población numerosa y creciente.

Nuestros migrados, además de enfrentar los rigores de la exigencia productiva de naciones más desarrolladas, han disfrutado las condiciones propias del progreso. En muchos casos el número de sus hijos nacidos en EEUU es superior a ellos mismos, por lo que es previsiblemente difícil esperar que se resignen al retorno y separación forzada de sus seres más amados, antes preferirán las dificultades del estado anterior al TPS.

Estas razones nos obligan a plantearnos toda una política nacional en función del apoyo a nuestros migrados, y en respuesta a nuestra particularidad genética que encontró en la migración el atajo al desarrollo. Entonces, por un lado estamos obligados a emprender los más ingentes esfuerzos por lograr la estabilidad de quienes echaron raíces en otras tierras y a generar las condiciones necesarias para que El Salvador brinde las oportunidades negadas a los de antaño.